En estas circunstancias, escribir es la cosa más inútil del mundo.
María Fernanda Ampuero
Las manzanas arriba del refri me atormentan. Las nuevas y las viejas. Las relucientes y las opacas. Las firmes y las blandas. Pateo. Aún en la oscuridad sé que están ahí; todas juntas, esperando. Al igual que ese frasquito casi lleno al fondo de la alacena.
Solo debía lavar una y metérmela a la boca. Solo morderla y tragar; morderla, masticar y tragar. El sabor me recorrió el cerebro. Siempre a pétalos de rosa. No importaba que fueran fugi, gala, cox. No importaba que mi abuela las mandara a comprar en el tianguis, en la frutería de la esquina o en el martes de frescura. Siempre sabían a pétalos de rosa. Al pasarlas por la garganta sentía sus espinas.
Por más que me ahogué con ellas, por más que intenté de todo: ponerle limón, hervirlas con canela, comerlas en un sándwich con imitación de Philadelphia; había dos cosas seguras: no podía ocultar el sabor y no se acabarían. A pesar de mis esfuerzos, quedaban, y tarde o temprano tendría que desecharlas. Una culpa más que agregar al saco que ya de por sí pesaba. Tan pesados como esos puntitos frutales en la alacena.
Las tiraba porque, a inicio de semana, en mi puerta, amanecían otras quince nuevas, listas para pudrirse sobre el refri, creando moscas y un aroma dulzón que me carcomía las fosas nasales con su textura blanda y pegajosa. Estaban ahí cada lunes a primera hora con las palabras resonando al teléfono: Cómetelas, cómetelas, mi niña. Pobre de mi niña santa. Allá tan lejos y sin trabajo.
Bajo ese ruego, las manzanas me miraban amenazantes, retándome a terminar con ellas. Retándome a que las metiera en mi bolso cuando iba de salida a tocar las mismas puertas que ya había tocado diez veces, a ver las mismas caras de los guardias que me veían con pena. El que persevera alcanza. Dos rituales de humillación que por más que quisiera no podía parar: Ver sus ojos y escupir el sobrante de la manzana en mi mano para meterlo al frasquito. Piel mojada de regreso.
Para no verlas lo intenté todo: le dije que casi no estaba en la casa, que se me pudrían, que no me gustaban. Su respuesta fue agregar otra fruta. Una sola. A veces naranja, a veces pera, muy pocas veces un mango aguado. Dependía de la época. Las manzanas nunca cesaron. Volvían solas luego de un tiempo.
Yo no podía quejarme porque era un regalo y comprar otra cosa era impensable. Aun con eso las comía cada vez menos, prefería que me torturaran desde su altar improvisado. Prefería sentir en la garganta el ácido estomacal provocado por el hambre. Verlas tornarse cafés, que de ellas nacieran pequeños huequitos infectados de animales rastreros. Todo cada vez más lento, menos notorio. Por culpa de tantos procesos químicos a las que se veían sometidas para verse como fruta de cuento de hadas, a mí se me secaba la mirada con el deseo de no perder de vista la primera marca de podredumbre.
Cuando el hambre me vencía, cuando los alumnos escaseaban, cuando perdía otro concurso, no había más remedio: comía una tras otra sintiendo la pulpa pesar en el fondo, la cáscara rascando las encías. Si el sentimiento era grande, las destrozaba enteras. No respetaba su centro, mis dientes cercenaban y mi lengua buscaba el tesoro. Las comía a pesar de que con cada mordida floral veía sus miserables ojos, a pesar de que en cada mordida escuchaba su voz: vas a ver, mijita, ya vas a encontrar un trabajo digno, por eso te desgastaste leyendo tanto libro, por eso tienes tu título bien impreso.
Y había trabajo, pero no el que ella quería que tuviera, no el que yo quería tener. Había trabajo, pero no necesitaba posgrados, ni carrera ni promedio reconocido. Trabajos que no necesitaban tesis fundamentadas, ni cédulas profesionales pagadas conforme la ley. Había trabajo, pero de ese que te hace doler el cuerpo y blanquear la mente; con jefes que llegaban dos horas tarde a las entrevistas, RH acosadores, clientes insufribles y sueldo que apenas rozaba lo legal. Trabajos donde te decían sin pena que había hora de entrada, pero no de salida. Trabajos donde se tapaba el adoctrinamiento con papas y refresco. Trabajos en los que solo duraba una semana, un mes o medio día por el orgullo implantado por un pedazo de papel o porque me estaba acostumbrando a renunciar.
En el mundo real, fuera de las aulas y los reconocimientos y las participaciones, pronto me di cuenta que saber escribir importaba menos que mi vida misma dentro de este sistema arraigado en la meritocracia. Saber leer críticamente y publicar ensayos, cuentos o papers me valía más como pasatiempo burgués que de importancia en el CV. Lamentablemente, lejos de ella, mi privilegio de niña se había ido hace tiempo. De esa pequeña fortuna infantil solo quedaban manzanas, el apoyo verdadero estaba en el regreso. Y no iba a regresar jamás.
Luego de repasar esos nuevos conocimientos a pasos lentos por una ciudad supuestamente cultural, volvía a esa casa rentada, arrastrando la derrota por gastar los últimos veinte pesos en impresiones que describían premios opacos y becas acabadas. Volvía a casa a pasar hora tras hora en el sillón, solo viendo esas manzanas y mi propia cara rodeada de papel que parecía presentarme como un agente de valor: bien enmarcado en madera de sándalo; proporcionado por la matriarca, para confirmar que aprobaba lo suficiente las decisiones de esa nietecita rebelde que seguía en su aventura pueril lejos del hogar.
En casa me sumergía en el sillón el tiempo suficiente para cumplir con el horario automatizado por la sociedad. Después me pasaba a la cama, rodaba, sudaba, quedaba en duermevela y me levantaba con la vejiga punzante. Esperaba sentada los primeros pájaros cantores, las primeras cazuelas y voces adormiladas de esos vecinos que tenían con quien compartir miseria. Ahí volvía a empezar la humillación.
Un aseo intenso, maquillaje perfecto, pantalón y camisa planchados. Recorrido a pie por la ciudad para no gastar en transporte público, visitar castillos de cristal con una sonrisa aguada que sabía que rompía oportunidades, pero no podía mejorar. Regresa a casa, descansa en el sillón, ve tu foto en el título, traga la manzana, vete a la cama, desvelo. Aseo profundo, maquillaje recatado, pantalón y camisa. Camina, camina, camina. Casa, sillón, foto, manzana, cama. ¡Basta! Rueda, rueda, rueda. Maquillaje, pantalón, camisa, camina, casa, sillón, foto, manzana, cama. Rueda, rueda, rueda, rueda. ¡Descansa! Pantalón, camisa, camina, sillón, foto, manzana, cama, rueda. ¡Ruega! Camisa…, sillón, cama, sillón, foto. Rueda. Sillón, manzana, cama, foto, foto, manzana, semillas, frasco. ¡Detente! Camisa, maquillaje… cama. Sillón, foto, manzana, frasco. Resignación. Manzana, manzana, semilla, frasco, foto. Sillón. Foto. Frasco.
Ahora lo veo, el cuerpo aguanta poco la adversidad, más el cuerpo mimado. Las manzanas seguían llegando. Creo que mi mente se trabó, ya no hay alumnos. Hace tiempo leí que las semillas de manzana tenían cianuro. Tantos meses tenían que valer la pena. No sé si es verdad, no quiero investigarlo. Si los fondos se terminaron, qué importa. Están ahí. Si no era mi área, no volvería a intentarlo. En el fondo de la alacena. Ya no salía a buscar oportunidades. Esperando. Si tenía fuerza mandaba solicitudes virtuales. Están ahí. No me presentaba a las escasas entrevistas. Como pequeños ojitos negros. Me duelen los huesos, no contesto llamadas. Como vacíos privados. Hace tiempo la casa se llenó de un aroma horrible. Abismos miniatura. No tengo fuerza para abrir la ventana. Agujeros negros… Tal vez sea yo …que me llaman… tal vez me estoy pudriendo. Tal vez ellos me salven, tal vez ellos sacien el hambre.
Imagen de Irving Penn, tomada de Pinterest.
| Irais Cortés López (Purísima del Rincón, México, 1999). Licenciada en Letras Españolas y estudiante de la maestría en Literatura hispanoamericana. Co-coordinadora del Taller Literario Letras Estarlatas y Letras a la calle. Fundadora de La Gatoteca de Nerón. Casa de artes y literatura que busca promover la lecto-escritura. Sus líneas de interés son la literatura fantástica y la literatura femenina. Ha sido publicada en el volumen Mentes corroídas de la editorial Palabra Herida. |
